El carey fue uno de los materiales más codiciados del mundo. Luego tuvo que desaparecer. Lo que lo reemplazó es mejor que el original, y hay una razón. Tiempo de lectura: 4'

Levanta una montura de carey a contraluz y hace algo que un color plano no puede hacer jamás. Los marrones, los ámbares y los casi negros viven a distintas profundidades, el patrón se desplaza al girarla, y no hay dos monturas que lleven el mismo. Durante siglos ese efecto solo podía salir de un sitio, y tenía un precio del que hoy casi nadie habla.
Un material que el mundo no podía dejar de querer
El carey auténtico nunca fue de tortuga de tierra. Venía del caparazón de la tortuga carey marina, codiciado durante cientos de años para peines, joyería, pitilleras y, por supuesto, monturas de gafas. Era cálido, trabajable, infinitamente variado, y ninguna fábrica del mundo podía replicarlo. Esa rareza es exactamente lo que lo convirtió en un material de lujo, y lo que estuvo a punto de exterminar al animal.
Para el siglo XX, la tortuga carey había sido cazada hasta el borde de la extinción. En 1977, el organismo internacional que regula el comercio de especies, CITES, le otorgó su máximo nivel de protección y prohibió el comercio de su caparazón. Hoy la especie sigue en peligro crítico. El material más bello de las gafas se había convertido en uno que ya no se podía usar, y con razón.

Resolver un problema imposible
Lo que dejó a los fabricantes frente a una pregunta que, en realidad, llevaban tiempo rondando. Las imitaciones de carey existían desde finales del siglo XIX, primero en celuloide, hechas no por conciencia sino porque el caparazón auténtico era escaso y caro. La prohibición simplemente zanjó el asunto para siempre. ¿Cómo recreas algo que a la naturaleza le llevó millones de años, sin tocar un solo caparazón? Para los años 80 la respuesta era el acetato. No una impresión, no un recubrimiento, sino color mezclado dentro del propio material: ámbar, caramelo, caoba y negro, prensados capa sobre capa, y dejados fluir mientras la plancha toma forma.

Esa es la parte que merece entenderse. El patrón de carey en una buena montura de acetato no está pintado en la superficie. Atraviesa el material de lado a lado, y por eso tiene profundidad en vez de parecer plano, y por eso sobrevive años de uso sin desvanecerse. Y como los colores se dejan mover mientras el material cuaja, el patrón nunca se dibuja dos veces. No hay dos monturas iguales. Nunca.
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Havana oscuro, en la mano La Havana Route. El patrón atraviesa todo el material, y este solo existe una vez. |
Claro y oscuro, el mismo proceso
Pon dos monturas de carey una junto a otra y el rango se vuelve evidente. Un havana claro brilla desde dentro cuando le da el sol, con los bordes ámbar volviéndose casi translúcidos. Un havana oscuro absorbe esa misma luz, denso y profundo, con el negro y el caoba hablando en voz baja y no a gritos. La misma idea, el mismo proceso, dos objetos completamente distintos. Esa es la libertad que el material reinventado te da y el original nunca pudo dar.
Míralo: la historia del carey, en menos de un minuto.
Qué significa esto para SWT
Cuando coges una montura de carey nuestra, esa es la historia que tienes en la mano. No un acabado decorativo elegido porque queda bien en una foto, sino un patrón que lleva la memoria de un material que el mundo tuvo que dejar atrás, recreado honestamente en acetato para que nada tenga que cazarse por él. Es cómo el carey evolucionó, sin perder lo que lo hacía especial desde el principio.
Y como el original, cada pieza sale distinta. La montura que acaba en tus manos es la única exactamente igual a sí misma. No es una frase de marketing. Es simplemente cómo funciona el material.
El carey recorre las tres colecciones, desde el havana claro de la Oliver hasta el havana oscuro que atraviesa la Havana Route, la Splendido y las monturas Strada.
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Nunca dibujado dos veces Havana claro u oscuro, cada montura lleva un patrón propio. |